Nueve once


Hay pérdidas en la historia de la humanidad de las cuales las personas no se recuperan en lo personal y familiar. Siguen adelante en la vida, pero la herida originada no cicatriza. También el dolor y consiguiente duelo que acarrea una agresión terrorista a un país es, en modo superlativo, uno de ellos. Este tipo de agresiones, además de la aflicción que conlleva, despiertan la indignación de la opinión pública mundial contra el ejecutor o los autores del hecho.

El nueve once, además de un sistema de llamadas de emergencia establecido en los Estados Unidos, es el numerónimo del 11 de septiembre de 2001 (9/11), día fúnebre para casi toda la humanidad en el que asesinaron a más de tres mil personas y el mundo comprobó lo que pueden el odio visceral, la manipulación y el oportunismo político y religioso de un grupo. Esa fecha marca el doble delito del secuestro de aviones primero —que fueron usados como misiles— y el derribo de las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC) después, en la ciudad estadounidense de New York, por el atentado terrorista suicida del movimiento yihadista Al Qaeda. Los cuatro vuelos desviados violentamente por diecinueve integrantes de esa organización terrorista ocasionaron el caos, la muerte y el dolor, aunque de los dos restantes, el destinado al Pentágono, solo alcanzó dañar una sección del edificio y el que estaba dirigido al Congreso, cayó en un campo en Pensilvania.

Muchos padres, hermanos, hijos, amigos y otros familiares esperaban —como tantos— el regreso de ser querido en uno de los vuelos que secuestraron los depredadores islámicos. Otros, sencillamente, aguardaban el retorno de los suyos del WTC después de una jornada laboral más. Nadie imaginó que el luto vestiría la historia de ese día para la eternidad.

De vez en vez algunos humanos dejan de serlo y se ponen el traje de bestias por motivos políticos, religiosos, nacionalistas, étnicos, de dominación, de intereses, etc. En lugar de preocuparse por su crecimiento espiritual y ético o por el desarrollo y bienestar de su comunidad nacional, se hunden en la fosa de los odios y en los fundamentalismos de todo tipo. Van por la vida de verdugos de supuestos males que, como sabemos, guardan relación con sus concepciones torcidas sobre la moral, la ideología, la religión y el patriotismo.

También este día, pero del año 1973, nuestro hemisferio se conmovió con el golpe de estado al socialista presidente constitucional de Chile, el Dr. Salvador Allende. El atentado militar que ignoró y pisoteó la voluntad popular, provocó que un civil, elegido democráticamente por los chilenos, se batiera durante horas, a pesar de la desventaja númerica y de conocimientos castrenses, con las armas de la valentía y del respeto al pueblo que lo eligió, contra los complotados en el golpe. Finalmente, se quitó la vida para evitar que sus contrarios hicieran un circo mediático de años de falsedades, manipularan a la opinión pública y enlodaran su nombre.

Aunque en una fecha distante, los cubanos tuvimos nuestro seis diez en el año 1976. Ese día explotó en el aire el vuelo 455 de Cubana de Aviación proveniente de Barbados en el que murieron 73 pasajeros, de ellos 57 eran cubanos, 11 guyaneses y 5 norcoreanos. Veinticuatro miembros del equipo nacional juvenil de esgrima —de los cuales varios no llegaban ni a los veinte años— regresaban a Cuba después de ganar todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe celebrado en Venezuela. Aún resplandece la gloria de sus medallas en el mar Caribe para homenajear a las víctimas inocentes y para recordarnos que forman parte del largo listado de efemérides luctuosas ensangrentadas por el terrorismo en nuestra historia continental.

No hay argumento que justifique los hechos terroristas de estado o de facciones independientes en cualquiera de sus manifestaciones —piratería, asesinato, secuestros, bombas, ciberterrorismo, etc.— para provocar alarma o caos social con fines políticos. Ni la intolerancia, la desigualdad, la injusticia, la ignorancia, la pobreza u opresión, muchos menos la religión, sirven de excusas. No hay terrorismo bueno o malo: es un látigo que nos azota a todos por igual. Ya sea el derribo de aeronaves, la colocación de bombas o el uso de aviones como armas son acciones deplorables que causan destrucción, dolor, terror e ira y deben ser castigados.

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Hablar claro y escuchar mejor


La periodista Talía González continúa conduciendo el programa de televisión “Cuba dice” que realizan para venderle la idea a una parte de la comunidad internacional de que aquí hay libertad de expresión. ¿Para qué quieren que “Cuba diga” si el gobierno no escucha ni resuelve los problemas que plantea la población?

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Bloquear los brindis


La televisora Telesur nos trajo con su dramatúrgica letanía contra los Estados Unidos, los países ricos y el capitalismo, la noticia de que Obama prorrogó un año más el embargo estadounidense a Cuba. Pienso en Castro I, en su “sesudo” y selecto equipo de asesores y algún que otro viejo dirigente del gobierno y me imagino que quizás brindaron con un whisky caro, con un espumoso champán francés, un coñac o un “quién sabe qué” traído en un vuelo especial secreto (misión alcohólica) para una ocasión como esa. La táctica del pretendido aislamiento económico de los Estados Unidos contra el gobierno de Castro afianzó su gestión ante sus cuadros y seguidores cubanos y foráneos, promovió su papel de víctimas del gigante norteño e impulsó la contraestrategia que le ha permitido culpar “al poderoso vecino” de su ineptitud y la de su equipo, de la devastación que han provocado en nuestro país y justificar su permanencia en el timón de Cuba por más de cincuenta y cinco años.

No han podido darnos más —¡pobrecitos!— por culpa del embargo americano. Como si los derechos que nos violaron por décadas y que aún nos pisotean, tuvieran alguna relación con las administraciones de la patria de Lincoln. ¿O es que el gobierno del norte influye en el caribeño? Nos castigan para chantajear al gigante norteamericano, un país con tradición liberal y amante de los valores democráticos. ¿Qué culpa tenía el bloqueo norteamericano de que el 85 por ciento de nuestros campos estuvieran llenos de marabú? La única responsabilidad de esa decisión fue del gobierno cubano. Hubo que esperar muchos años para que le dieran nuevamente la tierra a los campesinos y que la pusieran a producir. Por otra parte, parece que la carne de res también viene de allá —¿y la industria ganadera cubana?—, al igual que el pollo —¿qué pasó con las granjas avícolas nacionales?— y ni qué decir del pescado, pues aunque vivimos en un archipiélago, cualquiera pensaría que somos un país mediterráneo. ¿Se lo estarán enviando a Bolivia para apoyar la gestión del presidente de ese país, amigo de los Castro?

Los cubanos de a pie todavía sufrimos las consecuencias del bloqueo que con el pretexto del estadounidense, mantiene el gobierno antillano contra el pueblo, al que por décadas han tratado casi como a prisioneros de guerra. Pienso que por lo tanto, este afecta más a la sociedad que al gobierno, que tiene y controla los recursos del país y si algo le falta, viaja con el dinero del pueblo y lo trae del extranjero sin limitación aduanal ni requisa.

La dirección militarizada del país nos ha privado de derechos políticos, económicos, sociales y culturales todo el tiempo que han permanecido en el poder. Los cincuentenarios sofismas de que no podíamos tener negocios particulares —ahora los admiten fundamentalmente en los servicios—, entrar y salir libremente de nuestro país, ir a los hoteles o tener celulares fueron revocados por ellos mismos, evidenciando cuán falsos e injustificados eran. Pienso como muchos, que si tuvieran la voluntad política igualmente pudieran “montarse” por encima del discurso del embargo estadounidense y permitir que ejerzamos nuestros derechos civiles y políticos con plenas garantías y libertades.

A “los jeques de Cuba” les regalaron el cake del embargo las administraciones estadounidenses. Cada año estas le añaden una vela más para que “Sus Majestades” cubanas celebren que todo continúa como hace cincuentidós años y brinden por cortesía de una política foránea que ha demostrado ser inefectiva e inoperante.

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Tras la huella


Tomado de Cubanet.org

Tomado de Cubanet.org

El policiaco made in Cuba “Tras la huella”, que transmite Cubavisión (canal 6) cada domingo después de las nueve de la noche, es “el coco” audiovisual para nuestra sociedad por el mensaje atemorizante implícito en algunos de los casos y situaciones que recrea. En esa serie la policía cubana, siempre eficiente y respetuosa de los derechos de los que infringen la ley, fundamenta cada proceso investigativo hasta concluir con la reclusión del ciudadano, de acuerdo a las evidencias. ¡Qué bonito! Nada de aquel viejo esperpento legal en que “por convicción”, técnicas de espionaje o por el chivatazo de alguien, acusaban y juzgaban a cualquiera sin contemplaciones.

La guerrilla que llegó al poder en 1959, aun después de 55 años, en muchos aspectos, continúa actuando como tal. En agosto pasado retransmitieron como parte de la programación de verano, un capítulo del policiaco de marras cuyo argumento contaba el caso de una cubana —interpretada por la actriz y presentadora Edith Massola— que tenía una antena satelital por la izquierda y acceso a internet. La llamada gubernamental “lucha contra las ilegalidades” me recuerda a tantos compatriotas que cumplieron injustas condenas por poseer dólares, los cuales con el paso del tiempo permitieron que los tuviéramos todos. No se debe criminalizar lo que en muchos países libres y democráticos —hasta en los que presiden los amigos del gobierno cubano— es normal. Sí debieran sancionar a los poderes opresivos que con vanos pretextos nos prohíben que ejerzamos nuestros derechos y nos vigilan y persiguen con el mismo fin.

Por su parte, las series policiacas estadounidenses que televisan aquí han mostrado a los escritores, actores y realizadores de los bodrios policiales cubanos —también a las fuerzas del orden y a la ciudadanía en general—, cómo los gendarmes “de los malos” países capitalistas e imperialistas, respetan los derechos de los que violan las leyes y los consideran inocentes mientras no se pruebe su culpabilidad. En ellos, la independencia de poderes de las sociedades democráticas, impide que un jefe de estado u otro alto dirigente participe —ni siquiera influya— en la imposición de sanción a un acusado, como ha sucedido varias veces a lo largo de esta dictadura cubana.

Cuando muchos piensan que ya no hace falta que aprovechen hasta los policiacos para recordarle reiteradamente a nuestro sufrido pueblo lo que es vivir en una dictadura; ellos se reafirman como los dueños absolutos de los medios, continúan coaccionándonos con programas televisivos intimidatorios, atentando contra nuestra dignidad y ratificándonos que aquí el derecho jurídico apenas existe y las garantías constitucionales son casi nulas. La élite del gobierno parece integrada por personas antideportivas que no admiten competencia. Así transcurre la vida para una parte de la sociedad cubana más allá de la propaganda: como mirando a través de barrotes, discriminada, un interminable juego de béisbol gubernamental de un solo equipo.

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Impotencia en la supuesta potencia


Unos días antes del viernes, Rafa y yo habíamos buscado naranjas agrias en varios agromercados de 10 de Octubre sin resultados. En ellos daban la alternativa de limones o naranjas dulces, que como estaban ácidas, las proponían como sustitutas de las agrias. En esos lugares también venden “un intrigante aliño” en botellas recicladas de cerveza, que vale diez pesos en la devaluada moneda cubana y que están añejadas de rechazo. Hacía días que tenía las yucas (mandiocas) peladas y guardadas en un nailon en el congelador, en espera del zumo ideal para sazonarlas según nuestra cultura culinaria y paladar.

Siempre servicial, mi hijo menor, Rodney averiguó con un amigo que tiene patio de tierra con un árbol del cítrico. El viernes, a las nueve de la noche, lo llamaron para que fuera a recoger las naranjas. El patio estaba oscuro y mi hijo, que calzaba chancletas de goma, se enterró un clavo en la planta del pie. Se lo quitó, fue adonde había luz y comprobó que estaba oxidado.

Volvió a casa con los frutos del citrus aurantium y la noticia del pinchazo. Como al día siguiente era sábado, fuimos temprano con él a averiguar cuál era el procedimiento para inmunizarlo o reactivarle la vacuna contra el tétanos.

El consultorio del médico de la familia, aunque se suponía que estuviera abierto hasta el mediodía, como cada sábado, estaba cerrado. Fuimos entonces al policlínico Luis Augusto Turcios Lima, que está ubicado en Freyre de Andrade y Mayía Rodríguez. Allí nos dijeron que no podían ponerle la vacuna porque a ellos les suministran bulbos de diez dosis, que si abren uno para un caso solamente, se les echan a perder las nueve restantes; que después de abiertos tienen un periodo de validez de seis a ocho horas. Adujeron que el procedimiento habitual ante un incidente de este tipo, es que las enfermeras tengan el control de los pacientes del área que necesiten inyectarse y salgan a aplicarles una dosis del suero antitetánico a cada uno para aprovechar el contenido del recipiente. O sea, una prevención coyuntural de acuerdo a las disponibilidades del sistema de salud cubano. ¡Vaya ocurrencia!

Parece que ya no tienen unidosis —dosis única— o que ese tipo de ámpulas son destinadas al exterior, que es la prioridad del gobierno cubano para su propaganda de un sistema de salud en franca bancarrota. Es de esperar que en este país en el que han masificado hasta la desesperanza, no haya iniciativas más viables, lógicas y respetuosas con la sociedad para tratar a los ciudadanos necesitados de atención y medicación adecuadas.

Ante esta nueva insensatez de la autodenominada potencia —impotencia— médica debatimos a diferentes instancias del mismo centro y la respuesta fue siempre la misma. Nos dijeron que vayamos el lunes por la mañana, que aún hay tiempo. Preguntamos si podíamos adquirirla en farmacias, con cualquier moneda e igualmente la respuesta fue negativa. Me preocupa porque sé que estos casos son priorizables, pues es de conocimiento público que se debe aplicar la inmunización antes de las 72 horas. Les consultamos si sería viable obtenerla yendo a algún hospital y nos dijeron que perderíamos el tiempo, ya que solo los policlínicos la tienen.

En caso de complicaciones ¿a quién debo hacer responsable de la salud, el bienestar y la integridad física de mi hijo y el resto de mis familiares?

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Tenores del alba


Seguido de un agudo silbatazo con una mezcla “cubanísima” de singular y plural, un vendedor grita ¡taamaleee! todos los días, antes de las siete de la mañana. No le importa si alguien está acabado de acostar después de una jornada laboral nocturna o si una madre y su hijo recién nacido se recuperan de otra mala noche, para “cantar” la jugada económica que pondrá un tentempié —no un nutritivo banquete— en la mesa de su familia. Mortifica pensar en las personas que despertará su pregón, en los ancianos que duermen tras una madrugada de insomnio y en las que disocia de su actividad; pero lo que más molesta es que esa y otras actitudes sociales que ha incorporado la sociedad, se ejercen con naturalidad cotidiana a pesar de que desconocen e irrespetan los derechos de los demás.

Irrita asimismo, que a falta de ofertas laborales del estado, alguien salga a luchar el sustento diario y la policía lo sofoque con amenazas para obtener una mascadita, o que en el peor de los casos le decomisen con la mercancía, el plato del día.

El estado cubano, dueño y compañero —no señor— de los medios de comunicación desde hace más de cincuenta y cinco años, es el responsable de la falta de valores en Cuba. Las expresiones públicas vulgares de algunos de sus líderes históricos a lo larguísimo de este sistema, las diatribas, el mensaje de intolerancia al que piensa diferente —con la vileza adicional de mandar turbas a golpear, vituperar y amedrentar a opositores pacíficos—, sumado al esquema dictatorial de partido único, entre otros males, han conformado gradualmente las actitudes que horadan la médula cívica y moral de nuestra sociedad.

Del mismo modo que los dirigentes permanentes del país nos han estafado durante décadas, muchos de nuestros compatriotas se sienten con el derecho de timarnos también con la venta y mala calidad de sus mercancías.

En lo adelante, cuando un vendedor ambulante pase voceando por nuestra cuadra cuando aún está amaneciendo, más que «pensar en su mamá» o detenernos a analizar la sintaxis de su pregón, debemos reflexionar por qué en este modelo de “no se puede”, no pueden establecer al menos —aunque es algo que solo afecta al pueblo—, un horario adecuado para realizar esa actividad.

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Maleconazo


Este 5 de agosto de 2014 recordamos el vigésimo aniversario de la manifestación antigubernamental espontánea más grande ocurrida en Cuba después de 1959. Es una fecha que oprobiosamente, entre muchas otras, ha sido borrada del almanaque histórico cubano por la dictadura. Menos de un mes antes de ese día, el 13 de julio, habían asesinado a 41 compatriotas —de ellos 10 menores de edad— por intentar huir a los Estados Unidos en un remolcador estatal. Este hecho, sumado a rumores y otros asaltos a embarcaciones que se produjeron en poco tiempo, fue el que suscitó que cientos de personas se lanzaran al litoral habanero buscando la manera de «montarse en lo que fuera» para escapar del sistema político imperante.

Las autoridades por su parte, multiplicaron la concentración en su práctica tradicional de oponer al pueblo contra sí mismo para apagar cualquier manifestación popular antagónica. No les importó incrementar para la historia el número de congregados inconformes con el modelo, sino obtener la victoria final. En eso son muy eficientes y también ha sido su abecé estratégico a la hora de combatir a la oposición pacífica. En ómnibus y camiones desembarcaron destacamentos de personas en varios puntos del malecón para coaccionar a los asistentes e implosionar la multitud. Eso, unido a la acción coercitiva de los órganos policiales y a múltiples detenciones, lograron poner fin a los disturbios, que se prolongaron por varias horas.

El gobierno cubano se ha cuidado mucho de evitar que la sociedad tome las calles en una iniciativa que no sea concebida y dirigida por ellos a través de sus organizaciones políticas y de masas. Indiscutiblemente, le temen a una multitudinaria protesta —como las que se producen en los países democráticos y que tanto ellos publicitan— que promueva la solidaridad internacional y sirva de pretexto para una intervención foránea. Así lo han expresado sus voceros en los medios nacionales.

A 20 años de aquel evento, el gobierno cubano básicamente continúa sometiendo al pueblo a la misma rutina política: un revolucionismo monárquico que los mantiene en el poder con el pretexto de defender a la revolución que fue y se les fue cuando la institucionalizaron y convirtieron en el permanente medio de vida del grupo primigenio. Poco o casi nada ha cambiado. Lo más significativo ha sido precisamente, la ley migratoria, que después de 54 años les respeta a los ciudadanos el derecho a viajar, quizás para entregarle a sus sucesores una sociedad con menos estrechez y un poco de esperanza. También, para que parte de ella que viaje al exterior, regrese y traiga el patrimonio ganado en el capitalismo para sufragar su ineficiente, burocrático y fracasado modelo; y con la intención paralela de evitar que hechos como el del 5 de agosto se repitan.

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Papeles preciosos


PapelComo algunas piedras y metales y también debido a la escasez, hay papeles que aparentan ser muy preciados y por eso su precio en Cuba sube a cada rato. Lo que no entiendo es por qué si tienen tanta demanda, no aumentan su producción, por el contrario, se desaparecen del enrarecido mercado estatal cubano.

En los gobiernos militaristas de izquierda existe la tradición de que cíclicamente “se pierden” algunos productos básicos y la población se vuelca a las calles en un peregrinaje sucesivo de ilusionismo y miserias.

En reiteradas ocasiones Rafa y yo recorrimos sin éxito varias tiendas de nuestro municipio en busca de paquetes de hojas. Igualmente queríamos sustituir “la reservita” de papel sanitario y como cerca de casa no había, nos dimos a la tarea de rastrearlo por diferentes comercios de La Habana. ¡Nada!

Cuando nos disponíamos regresar a casa, montamos en un viejo auto de alquiler y allí había una señora con varios rollos de papel de baño. Le preguntamos dónde los había adquirido y nos dio la luz: en una de las tiendas dentro del hotel Habana Libre.

Sepultamos el hastío de lo corrosivo cotidiano y nos fuimos a conseguir al menos uno de los tipos de papel que necesitábamos. A dos pesos convertibles cada paquetico de cuatro unidades. La carencia nos obligó a comprar hasta donde nos alcanzó el dinero. Vale destacar que el papel toilette que venden aquí es de producción nacional, la lámina es sencilla —muy fina—, en lugar de doble y por lo tanto es menos absorbente. El rollo se ve con espacios alrededor del cilindro de cartón, que denotan cuán flojo está enrollado y nadie sabe su longitud. O sea, que desde la misma fábrica nos están timando. Después de estas descripciones generales, es lógico que la fábrica deseche como un lujo el decorarlos y mucho menos perfumarlos.

Regresamos al hogar cansados. Eso sí, en parte satisfechos porque resolvimos el papel para el baño, pero contrariados porque de continuar los Castro y la falta de hojas —entre otros rubros—, pronto escribiremos en piedra.

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Jugar con las leyes


Sistema judicial cubanoIl divo presidente de Cuba desde el 2006 por sucesión dinástica, usó públicamente hace algún tiempo la expresión «no tenemos derecho a equivocarnos» para referirse a que su administración debía pensar y repensar bien los pasos que diera en lo adelante y las medidas, disposiciones, leyes, etc., que debía implantar, por la tradición dictatorialmente improvisadora que nos significa desde 1959. El planteamiento “sonaba bien” en un país donde no existe el estado de derecho y las leyes se aplican, en muchos casos, en dependencia del interés del grupo en el gobierno, de la imagen política internacional que les gusta proyectar y hasta del estado anímico del caudillo de turno. En el caso del líder en jefe, un turno bien largo, por cierto. Cuarenta y siete años que solo interrumpió una grave enfermedad.

Muchos cubanos de buena voluntad respiramos aliviados ante el anticipo de que al fin soplarían nuevos vientos de cordura en la más alta dirección del país, pero después de un tiempo, nos estamos dando cuenta de que esa frase, como otras muchas, forman parte del acervo discursivo y demagógico del totalitarismo hereditario castrista. Todo parece indicar que en cuanto a gobernar no saben, no pueden o no les interesa hacerlo mejor.

También el gran hermano sustituto acusó la expresión «sin prisa, pero sin pausa» para destacar que el proyecto de lineamientos para reformar la economía cubana elaborado durante su gestión, debía marchar de forma constante, progresiva y con carácter definitivo. Ninguna de estas afirmaciones públicas se están cumpliendo a cabalidad hasta el momento.

En Cuba, muchas de las leyes se promulgan para el bien de la clase política, no para el bien común de la comunidad nacional (gobernados) ni de su diáspora.

La administración del delfín castrista y su equipo de trabajo ya volvieron atrás con el decreto ley 259 referente a la entrega de tierras —modificado y condicionado por el 300— y este mes de julio anunciaron nuevas limitaciones aduaneras; reformas a la ley vigente desde diciembre de 2011, para reducir el monto de las importaciones personales de los turistas cubanos al país.

Lejos de establecer la confianza de la población en las leyes, el cincuentenario grupo en el poder crea inestabilidad y desconfianza sociales y tal parece que la lucha contra la corrupción es solo tema de discursos, porque ellos mismos la promueven o facilitan en muchos de sus cuadros. Quizás ante las carencias de inversiones extranjeras en Cuba en las cuales ‘colocar’ a sus partidarios, establecen los mecanismos para “estimular” a sus seguidores y así pagarles la incondicionalidad a su agotado modelo de gobierno.

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¿Opiniones liberadoras?


Leyes dictatorialesLa expresión “se cae de la mata” se usa mucho en Cuba para acuñar que algo se sobreentiende por lógica deducción. Es decir, que debido a la experiencia y a la reiteración de los códigos narrativos, muchos sabemos o suponemos el final antes de que nos terminen de contar la historia.

La periodista Talía González, de la cual se rumora que es la pareja del “presidente fraternal” Raúl Castro, conduce un programa de televisión llamado «Cuba dice», que al parecer su sentido fundamental es incitar a las personas a hablar de algunos de los temas acuciantes de la sociedad cubana. Ninguno crítico del gobierno, por supuesto. El fenómeno resulta interesante porque aparentan que quieren mutar el gen de la democracia —para dar la imagen de que aquí hay libertad de expresión— de cara a las relaciones gubernamentales con los países latinoamericanos, en los que aún hay cierta prensa libre y pluripartidismo, a pesar de la censura, los altibajos emotivos y las rabietas dictatoriales de algunos de sus caudillos.

Hace unos días llamó mi atención una emisión en la que hablaron de los problemas planteados en programas anteriores, que hasta el presente no se habían solucionado y que ni siquiera tenían respuesta de los organismos competentes. Una burócrata entrevistada —seguramente conocedora de la purga que a las autoridades les gusta llevar a cabo a los que están por debajo de la cúpula del poder— dijo que se debía sancionar o relevar del cargo a los funcionarios o entidades que no atienden ni se ocupan las dificultades que expresa la población en el espacio televisivo. No pensó en cuántos antes que ella quizás dijeron lo mismo a lo largo de once lustros y después fueron castigados con el mismo látigo moral. Otro consultado afirmó que en definitiva las empresas son del estado y que ese es el llamado a dar respuesta y a resolver lo citado en “Cuba dice”.

Estoy segura de que la mayoría de los televidentes coincidimos con este último. Se cae de la mata que si los dirigentes que cuentan con poder real y recursos no enfrentan ni solucionan los problemas de la sociedad de manera satisfactoria o no son capaces de hacerlo, es hora de que sean sustituidos por quienes sí lo hagan. También lo es que ningún pueblo elige a gobernantes ineptos que ignoran sus malestares y necesidades y dilapidan los recursos del país.

Es tanto el terror que le han impuesto a la sociedad que tienen que valerse de argucias televisivas para incitar a la población a que suelte la lengua, siempre que no la suelte demasiado. Pero en lugar de vergüenza, ese temor social es la herramienta de la que se vanaglorian y con la cual se consolidan los tiranos.

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Segundo aniversario


“Dale(s), Señor, el descanso eterno.
Y brille para él (ellos) la luz perpetua”.
Descanse(n) en paz.
Amén.”

Imagen descargada de: buenavistavcuba.blogspot.com

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Este 22 de julio se conmemora el 2º aniversario de la muerte de Oswaldo Payá y Harold Cepero en un accidente automovilístico ocurrido en la oriental provincia de Granma. Payá y Cepero, miembros del opositor Movimiento Cristiano Liberación, viajaban en la parte trasera de un auto rentado y en la delantera iban dos ciudadanos europeos: uno español y otro sueco. El coche se estrelló contra un árbol y causó la muerte de los cubanos. Sin embargo, los extranjeros apenas sufrieron heridas leves. Para la familia de Payá y parte de la comunidad internacional las circunstancias en torno a la muerte de ambos luchadores pacíficos no están claras y desde entonces piden una investigación independiente. Aluden a un tercer coche que apareció en la escena del siniestro, que pertenecía a la policía política cubana y que no brindó el auxilio a los accidentados cubanos con la debida celeridad.

El gobierno castrista, que realizó una pesquisa, juzgó y sancionó al español que conducía el vehículo y se negó a aceptar la petición de una investigación independiente, que infiere dudas sobre el trabajo pericial realizado por sus expertos. Cabe destacar que en Cuba no hay una entidad autónoma que realice este tipo de tarea. Eso obliga a que el apoyo que se recaba sea el de una agencia extranjera dedicada a esa labor.

A dos años del deceso de estos demócratas cubanos, la sociedad se debate en el marasmo de tímidas reformas realizadas por el gobierno de los Castro, la imagen de un modelo oxidado de historia —cuya tozudez y retórica son el germen de su propia corrosión—, el fuguismo migratorio, la desesperanza y la ruina nacional.

A la sociedad hostigada y maltratada le reiteran hasta el cansancio como si se tratara de fechas patrias, los hechos de la guerrilla que —tras siete años de lucha— arribó al poder en 1959. Hitos que quizás se diluirán en el tiempo para las futuras generaciones de cubanos sin dictaduras, no así las desapariciones en circunstancias dudosas de estos dos prominentes líderes opositores.

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Rápidos y furiosos


Los presidentes latinoamericanos de la nueva ola caudillista catalogada de izquierda, se la pasan exaltados. Parece que es la estrategia discursiva fundamental del populismo en su lucha “contra el imperialismo” estadounidense, que según ellos es «el grande del aula» regional y como una suerte de bullying político, se la pasa molestando y abusando de sus compañeros de clase hemisférica.

Esa es la táctica política-base de los nuevos “izquierdistas” continentales, a la que llaman eufemísticamente ideología. Criticar a los países del primer mundo, a los que se alinean con ellos, a los que tienen desarrollo o algún despegue económico o a otros democráticos con los que por supuesto, no comulgan, y acusarlos de “injustas políticas neoliberales” para restarles contrastes con su gestión al frente de sus respectivos países, que siempre fracasa en ese sentido.

Todos son amigos de los vetustos gobernantes cubanos y tienen más o menos el mismo modus operandi al arribar a la presidencia, pues modifican y/o rehacen la constitución para eternizarse en el poder y violar —en lugar de defender, como corresponde—, los derechos y las libertades de sus pueblos. Por eso cuando tienen la más mínima sospecha o información —incluso en ciernes— de un supuesto brote prodemocracia en la epidermis social, no dudan en quitarse la picazón y vienen más rápido y preocupados que furiosos, a rascarse a La Habana.

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20 años de un crimen impune


Imagen de sociedadsecretadecubanoslibres.blogspot.com

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Hace veinte años, el 13 de julio de 1994, un grupo de 72 cubanos trataron de hallar la libertad y se apoderaron del estatal remolcador 13 de marzo con el fin de emigrar hacia los Estados Unidos. Era una embarcación pequeña para escapar de un archipiélago también chico, pero con una dictadura descomunal y senil, que trató de evitar esa fuga —como otras muchas— haciendo un uso abusivo y excesivo de la fuerza frente a ciudadanos —niños y adultos— desarmados. Los fusilaron con mangueras de agua a presión para saciar la sed de libertad del grupo y evitar su determinación de escapar del ‘paraíso’ propagandístico castrista. Dos navíos capitaneados por la infamia, la cobardía y el oportunismo embistieron el 13 de marzo a siete millas de nuestro litoral y ocasionaron el vergonzoso saldo de 41 muertos, de los cuales 10 eran menores de edad.

Las autoridades cubanas siempre supieron quiénes fueron los asesinos, pero tenían la orden de aplaudir el crimen con eufemismos y silencio. Con semejante confabulación se ovacionó y ratificó una vez más, un proceder acorde a la dudosa moral de un totalitarismo en decadencia que ha vampirizado a nuestro país por más de cinco décadas y media. Cuando el presidente de entonces decidió abordar públicamente el tema, llamó a la bajeza accidente y arropó a la abyección y al extremismo para su conveniencia y propaganda. El liderazgo histórico cubano, inmovilista y abusador, siempre gustó de gobernar infundiendo miedo para bajar la autoestima de la sociedad, paralizarla e inducirla a que actuara según sus cánones dictatoriales.

En Cuba, a la sazón, transitábamos por un periodo especial atroz, en el que culpaban —como es habitual— a las sucesivas administraciones estadounidenses de la incapacidad del gobierno de Cuba para resolver nuestros asuntos nacionales y a la desaparecida Unión Soviética, por ejercer su derecho de cambiar de régimen en la búsqueda del bienestar de su pueblo y de una salida a la crisis sistémica que los ahogaba.

Hoy, a veinte años de aquel suceso, las almas inocentes de los infantes y de todos los cubanos perecidos en aquel siniestro y en la cincuentenaria tragedia nacional, se yerguen desde el fondo oscuro del océano de arbitrariedades y agitan las aguas a siete millas y más allá de nuestras costas pidiendo justicia.

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Penuria descriptiva


MudanzaUn conocido mío permutó su apartamento de un cuarto y medio por otro más pequeño y “una calderilla arriba” para paliar su alcoholismo y miserias. Nunca entré a su vivienda y por eso desconocía de su pobreza. Sus muebles tienen la apariencia de cachivaches en mal estado, los que probablemente —como en la mayoría de las casas cubanas— fueron comprados antes del triunfo de este modelo guerrillero que se instaló en el poder en 1959 y está ahí desde entonces. Una pintura mate de aceite, reviste la superficie de un aparador que quizás una vez estuvo cubierto de formica, el escaparate medio destartalado narra una historia de vejez y sobreexplotación, al igual que los huecos de su colchón camero, los restos de su sofá o los de su media lavadora rusa —a las que había que amputarles la secadora—, que delatan como los discursos de los dirigentes de Cuba, son palabras desdibujadas por el abandono y la demagogia.

Durante la mudanza, sacó de un nylon amarillento un montón de fotos en blanco y negro para enseñarles a sus compañeros cuán bello era ese apartamento que estrenó su padre en 1958. Entonces los muebles parecían vivos y las paredes aún vestían un atractivo y estético traje de pintura. Sentimientos monocromáticos evidenciaban la nostalgia en su rostro abofeteado por la frustración y el licor.

Sus amigos de farra lo ayudaron a sacar los añosos tarecos y los tuvieron al sol cerca de una hora en espera del transporte. Eran una decena de adictos “solidarios” convocados y alentados por el ron, que hacía las veces de combustible para mantener el entusiasmo. Un camión de los años treinta se llevó parte del “flaco” patrimonio a la “nueva casa”, que de seguro también fue construida antes del gobierno de los Castro y que albergará, como en otros muchos hogares de Cuba, los escándalos etílicos de esa parte de la sociedad que zambulle sus desengaños y miserias en un barato y sulfúrico ron casero, que es el que pueden pagar.

La solidaria y etílica brigada se quedó en tierra al cuidado del tesoro líquido que quedaba en la botella. El vaciado de esta fue el disparo de arrancada hacia sus propios armatostes y penurias acumuladas por décadas de injusticias gubernamentales, de abulia, de sometimiento antidemocrático y cansancio social. El delirium tremens o tremendo delirio de intentar engañar a las sociedades todo el tiempo con teóricas borracheras ideológicas y económicas, ha fracasado en todo el mundo.

Quizás en la tranquilidad de sus casas y antes de que el trago boxeador les dé knockout, saquen de sus personales nailons amarillentos de historia, fotos testimoniantes de lo que una vez fueron ellos —cuando la adicción no los tenía atados por el cuello—, de lo que una vez fueron sus casas y de lo que fue este país, antes de que este mal gobierno lo llevara a la ruina.

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