Soñar en colores


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El 5 de agosto de 1994 el litoral habanero se llenó de un maremágnum humano que tomó por sorpresa a los capitalinos y desbordó el volumen noticioso internacional. La prensa nacional, como siempre, tuvo que esperar por la autorización del régimen censor para pronunciarse sobre el tema. Había ocurrido lo inusitado en treinta y cinco años de dictadura castrista: que un tsunami de pueblo superó el miedo y varios cientos de personas fueron al paseo marítimo costero impulsados por el rumor de que embarcaciones procedentes de Estados Unidos estaban llegando a esa ribera para llevarse a los que quisieran emigrar. Muchos pensaron que se trataba de otro éxodo consentido por las autoridades, como el del Mariel. Al rato de estar reunidos allí, la comprobación del infundio dio paso a la frustración y las manifestaciones antigubernamentales estallaron a lo largo del Malecón capitalino y sus áreas colindantes. Nació así el evento conocido como El Maleconazo.

La masa humana exaltada comenzó a romper vidrieras, a asaltar comercios y a enfrentarse a la policía. Los disturbios se prolongaron por varias horas. El gobierno, por su parte, envió a su gendarmería especializada para que se dedicara a lo que mejor sabe hacer: reprimir. La sociedad volvió inevitablemente a su obediencia ovejuna y hoy, veintiún años después, continúa el desangramiento por “el corte de la femoral” de la nación que las autoridades siempre han usado —y hasta provocado— para su provecho de permanencia ilimitada en el poder. Después de aquel suceso todo volvió a la rutina que caracteriza a la vida en Cuba: los que tienen la posibilidad de emigrar lo hacen y muchos de los que no, continúan desempeñando el rol de simpatizantes del régimen como la única manera de sobrevivencia político-social.

A cincuenta y seis años de totalitarismo castrista y veintiuno de aquel suceso, el pueblo cubano sigue atrapado en el fusilamiento de sus derechos fundamentales por los designios discriminatorios de un régimen dictatorial. Muchos compatriotas tienen la meta de emigrar como única forma de llevar a cabo proyectos de realización personal —que es parte de la búsqueda de la felicidad—, o los del grupo fundacional que es su familia. Es cierto que se han introducido algunas reformas económicas y sociales en Cuba, pero mientras estén en la palestra de esos cambios algunos de los dirigentes que cometieron tantas injusticias en el pasado —que dictaban y derogaban leyes según su conveniencia—, no serán pocos los que desconfíen y duden si quedarse. Otros vacilarán en venir a invertir su capital en un mercado enrarecido por una clase política que está en el poder para servir a la minoría acomodada, no a la mayoría segregada.

Espero que este nuevo aniversario del Maleconazo contribuya a que todos reflexionemos sobre lo urgente de que nos permitamos soñar con libertades, derechos, progreso social, político y económico en nuestro propio país.

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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Una respuesta a Soñar en colores

  1. fenomenal, como siempre; daria cualquier cosa, por hacerle llegar a mis congeneres la verdad sin tapujos, como lo hace Ud., con verdadero arte, La felicito de todo Corazon.!!!!!

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