El mismo odio con diferente collar


El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Lord Acton

Gráfico tomado de: www.e-lecciones.net

Gráfico tomado de: http://www.e-lecciones.net

Los delitos de odio son actos violentos inducidos por prejuicios hacia una persona o grupo considerado «diferente» debido a su pertenencia social, racial, étnica, nacionalidad, afiliación política, ideología, género, orientación sexual, religiosa y discapacidad. La modernidad ha impulsado a los poderes legislativos de muchos países a establecer normas jurídicas para combatir ese tipo de crímenes y procesar a las personas que los cometen. Eso ha conllevado a la reducción de tales desmanes, que son provocados también por el contexto social de las personas o grupos y por los estereotipos creados por las sociedades.

En Cuba, los medios oficialistas y de propaganda del régimen nos informan sobre delitos de odio que se cometen “en los países capitalistas”, por supuesto. Así la población cubana conoce de esas conductas violentas que ocurren en lugares donde no existen conflictos bélicos y que están a kilómetros de distancia de su seguridad y bienestar, no las que pueden estar sucediendo a la sazón en su entorno, a centímetros de su trasero o a solo una bota de separación de su cabeza. A los cubanos las informaciones no le llegan directamente o en bruto, sino pasadas por el tamiz proselitista de los analistas estatales. Es el mismo odio, el collar se lo ponen la demagogia discursiva oficial y los gobernantes de algunos países, que por intereses rampantes y muchas veces personales, partidistas o grupales, están alineados con la dictadura cubana.

Desde que en 1959 los Castro arribaron al poder, se han apoyado mucho en incentivar para su provecho este tipo de conducta tipificada como delito en los códigos penales e incluso en las constituciones de algunos países. Usan ese comportamiento delictivo como propaganda y como un enfrentamiento y victoria políticos. Años de reiteración del mismo modus operandi con total impunidad lo confirman. Mientras a una parte de la sociedad le niegan el ejercicio de su libertad de expresión, a cuadrillas progubernamentales las premian cuando proceden de forma criminal a favor de las autoridades.

En mi país, donde están prohibidas de facto las huelgas, donde casi todo es dirigido por las autoridades y nadie se atreve a realizar ese tipo de violencia discriminatoria sin el consentimiento del gobierno, el líder histórico cubano —retirado desde 2006—, ha llamado en más de una ocasión a la ciudadanía «a ganar la calle», la cual alegan reiteradamente y con fines coercitivos, que es de los revolucionarios. No importa la ventaja numérica, ellos representan al león y las víctimas al mono amarrado. Sin embargo, existe aún más vileza en ocultarse bajo la falda ciudadana para lanzar a las personas al ruedo de esa cobarde y vulgar fechoría. Tatuada en la historia de las dos primeras décadas de este sistema, está la humillación reiterada y mantenida por años de mandar a trabajar a la agricultura a los que arreglaban papeles para marcharse definitivamente del país. También, cómo en los 80s vejaban con los llamados “actos de repudio” a los que querían irse para los Estados Unidos a través del puente marítimo del Mariel. Las autoridades han repletado su acervo de eventos de ese tipo dirigidos contra los líderes de la oposición pacífica, el periodismo independiente y organizaciones civilistas y de derechos humanos. Es un delito gubernamental que se mantiene hasta hoy. No es porque lo diga yo, es porque lo hacen ellos.

Es tal la desfachatez y ha sido tanta la impunidad a través de los cincuenta y seis años de dictadura, que ya no les alcanza Cuba y envían a su ejército civil comprometido —personas que quieren mantener su modo de vida o que temen negarse a participar en esos sucesos despreciables para conservar sus puestos de trabajo y/o prebendas— a otros países, como se vio en la Cumbre de la Américas realizadas en pasado abril en Panamá. No es justo que algunos extendamos la mano abierta de la reconciliación y el diálogo y a cambio recibamos el puño del escarnio y la violencia oficiales. Pero ¿qué podemos esperar de un modelo político extorsionador que se adueñó del país, amputó y demonizó la praxis democrática al implantar el monopartidismo —así eliminó la competencia política— y que gobierna testicularmente «a su aire» y capricho a pesar de que su larga gestión ha arruinado a Cuba?

En estos tiempos que parecen procesos de desenlace o de resúmenes históricos en nuestro territorio y hacia él, en el que muchos, más allá de los dirigentes piensan positiva y constructivamente en el pueblo cubano, es menester que nos replanteemos el concepto de la paz que queremos para nuestra sociedad. Que no debe ser con esvástica dextrógira (PA卐) como aquella intimidatoria de la Alemania Nazi, sino una PAZ sustentada en el respeto, la inclusión, la justicia social, la complementariedad sostenida y la equidad entre todos los hijos de una misma nación.

¿Delitos de odio en Cuba? Definitivamente sí, casi la totalidad de ellos instigados, regidos y monitoreados por el gobierno.

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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