Entre el badajo y la nostalgia


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Carlos es un amigo naturalizado español, que regresó hace un año a Cuba luego de permanecer tres meses con la parte de su familia que reside en Florida, Estados Unidos. Volvió contento y renovado, pues gracias a la solidaria generosidad de sus parientes —cercanos y lejanos— y conocidos —viejos y nuevos— de ese estado y a su trabajo por la izquierda allá, contó como nunca antes en su vida con la cuota de tranquilidad espiritual que da tener una reserva económica. Arañó Miami y trajo todo lo que pudo de “ese maravilloso país” al que siempre quiso emigrar, pero que al fundar una familia, no poder irse con ella y pasar los años después, no le quedó más remedio que guardar ese sueño en la mochila de sus frustraciones.

Ahora está loco por regresar a la península de cuyos lugares que visitó quedó prendado por el excelente estado de sus calles, la diversidad de comercios, las gasolineras, el colorido, la limpieza y belleza al detalle de sus ciudades y la coquetería y encanto turísticos del sur de Florida en general. Dice que todo le parecía una película, un set de filmación o lo que él imaginó de niño, dada la propaganda gubernamental, que sería el comunismo. A la frase que acuñó José Martí —que vivió casi toda su vida adulta en los Estados Unidos— para referirse a ese país, «viví en el monstruo y le conozco las entrañas», Carlos le cambió el final y dice espontáneo: “lo extraño”.

Mi amigo, que está en sus cuarenta y tantos, regresó verde del badajo del monstruo, dejó el magisterio, invirtió parte del dinero que trajo y se volvió negociante. Se cansó de reuniones, sobrepolitización de las asignaturas a impartir y de la simulación. Dice que le va bien. Con su enclenque salario de maestro nunca pudo guardar un quilo prieto. Sin embargo, ya se compró un cacharro para botear, otra computadora —la primera la importó en su viaje—, un microwave, un refrigerador “tan alto y fuerte como un marine” —vendió el chino porque además de chiquito y amarillo parecía de juguete—, tiene aire acondicionado en el dormitorio y dice que ya no necesita de un familiar para ir de nuevo a los Estados Unidos; que cuenta con el dinero para pagarse el pasaje y la estancia allá. Que hasta New York no para. ¡Pero si tú no sabes inglés!, le recuerdo y él me impugna, “pero hablo los idiomas más universales de todos”. ¿Cuáles?, le pregunto y muy seguro de sí me responde: “¡el del dólar y el de señas!”

Me alegro por el nuevo Carlos, por sus ganas de vivir, su renovado vigor y su optimista y recién adquirida costumbre de hacer proyectos vacacionales. El contraste con el viejo es alto y se nota hasta de verlo caminar. Antes, era uno más que se tornaba gris en la parada del P no sé cuánto —transporte público— para llegar a casa sudoroso dos o tres horas después de todo un día de dar clases con un refresco en el estómago nada más. Incluso a veces le asignaban en la escuela tareas extracurriculares, actividades políticas como preparar el matutino, mítines por la efeméride del día, lectura de la síntesis biográfica de algún mártir de la revolución, etc. Para colmo de fastidio, una vez al mes tenía que ingerir rápido el remedo de comida que al llegar a casa inventara junto a su esposa para asistir a las nueve a la reunión del comité y escuchar las mismas consignas, planes y sobrecumplimientos fantasmas que recitan en la televisión.

Es reconfortante ver que un ciudadano, que se asfixiaba en rutinas dictatoriales aplastantes y había perdido hasta sus ilusiones entre las letras ideológicas de los libros de texto escolares, se convirtió, por obra y gracia del estímulo comercial y su talento, en un pequeño empresario vendedor y comprador de los sueños familiares y ambicioso chofer económico de su vida.

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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