Nueve once


Hay pérdidas en la historia de la humanidad de las cuales las personas no se recuperan en lo personal y familiar. Siguen adelante en la vida, pero la herida originada no cicatriza. También el dolor y consiguiente duelo que acarrea una agresión terrorista a un país es, en modo superlativo, uno de ellos. Este tipo de agresiones, además de la aflicción que conlleva, despiertan la indignación de la opinión pública mundial contra el ejecutor o los autores del hecho.

El nueve once, además de un sistema de llamadas de emergencia establecido en los Estados Unidos, es el numerónimo del 11 de septiembre de 2001 (9/11), día fúnebre para casi toda la humanidad en el que asesinaron a más de tres mil personas y el mundo comprobó lo que pueden el odio visceral, la manipulación y el oportunismo político y religioso de un grupo. Esa fecha marca el doble delito del secuestro de aviones primero —que fueron usados como misiles— y el derribo de las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC) después, en la ciudad estadounidense de New York, por el atentado terrorista suicida del movimiento yihadista Al Qaeda. Los cuatro vuelos desviados violentamente por diecinueve integrantes de esa organización terrorista ocasionaron el caos, la muerte y el dolor, aunque de los dos restantes, el destinado al Pentágono, solo alcanzó dañar una sección del edificio y el que estaba dirigido al Congreso, cayó en un campo en Pensilvania.

Muchos padres, hermanos, hijos, amigos y otros familiares esperaban —como tantos— el regreso del ser querido en uno de los vuelos que secuestraron los depredadores islámicos. Otros, sencillamente, aguardaban el retorno de los suyos del WTC después de una jornada laboral más. Nadie imaginó que el luto vestiría la historia de ese día para la eternidad.

De vez en vez algunos humanos dejan de serlo y se ponen el traje de bestias por motivos políticos, religiosos, nacionalistas, étnicos, de dominación, de intereses, etc. En lugar de preocuparse por su crecimiento espiritual y ético o por el desarrollo y bienestar de su comunidad nacional, se hunden en la fosa de los odios y en los fundamentalismos de todo tipo. Van por la vida de verdugos de supuestos males que, como sabemos, guardan relación con sus concepciones torcidas sobre la moral, la ideología, la religión y el patriotismo.

También este día, pero del año 1973, nuestro hemisferio se conmovió con el golpe de estado al socialista presidente constitucional de Chile, el Dr. Salvador Allende. El atentado militar que ignoró y pisoteó la voluntad popular, provocó que un civil, elegido democráticamente por los chilenos, se batiera durante horas, a pesar de la desventaja númerica y de conocimientos castrenses, con las armas de la valentía y del respeto al pueblo que lo eligió, contra los complotados en el golpe. Finalmente, se quitó la vida para evitar que sus contrarios hicieran un circo mediático de años de falsedades, manipularan a la opinión pública y enlodaran su nombre.

Aunque en una fecha distante, los cubanos tuvimos nuestro seis diez en el año 1976. Ese día explotó en el aire el vuelo 455 de Cubana de Aviación proveniente de Barbados en el que murieron 73 pasajeros, de ellos 57 eran cubanos, 11 guyaneses y 5 norcoreanos. Veinticuatro miembros del equipo nacional juvenil de esgrima —de los cuales varios no llegaban ni a los veinte años— regresaban a Cuba después de ganar todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe celebrado en Venezuela. Aún resplandece la gloria de sus medallas en el mar Caribe para homenajear a las víctimas inocentes y para recordarnos que forman parte del largo listado de efemérides luctuosas ensangrentadas por el terrorismo en nuestra historia continental.

No hay argumento que justifique los hechos terroristas de estado o de facciones independientes en cualquiera de sus manifestaciones —piratería, asesinato, secuestros, bombas, ciberterrorismo, etc.— para provocar alarma o caos social con fines políticos. Ni la intolerancia, la desigualdad, la injusticia, la ignorancia, la pobreza u opresión, muchos menos la religión, sirven de excusas. No hay terrorismo bueno o malo: es un látigo que nos azota a todos por igual. Ya sea el derribo de aeronaves, la colocación de bombas o el uso de aviones como armas son acciones deplorables que causan destrucción, dolor, terror e ira y deben ser castigados.

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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