Dos son un ejército


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Llegaron temprano a “visitarme” en pareja —como suelen hacerlo generalmente, cada vez que les ordenan hostigar a un opositor— jóvenes de ambos sexos que se identificaron como agentes del Ministerio del Interior. El pretexto era una encuesta que realizaban para la Dirección Nacional de Vivienda y querían conocer mis opiniones acerca de las reformas relativas a la compra y venta de casas y autos usados. La primera incongruencia saltó a mi vista, porque vinieron a verme directamente, conocían mis nombres y apellidos y no tenían formularios como en tales casos. No obstante, dijeron —educadamente— que mi participación era voluntaria, pero ya mi esposo los había invitado —también educadamente— a pasar y estaban sentados en el sofá de la sala muy dispuestos a la charla. Así que a pesar de aquel argumento tan chueco, respondí a sus interrogantes con sinceridad para ver qué sacaba en claro del motivo real de aquella presencia.

Respondía a las preguntas y pensaba en el mensaje subliminal que les gusta enviar a los gendarmes de la policía política. Pero para alguien que comenzó en el movimiento de derechos humanos en Guanabo, en 1988, hace mucho que aprendí a interpretar algunos códigos conductales de los oficiales de la Seguridad del Estado cubana. ¿Por qué no hablan claro? Pensaba —durante mis turnos de escuchar— en la primera parte de la película The Godfather (El Padrino) y el pescado que recibe ‘la familia’ de Vito Corleone envuelto en el chaleco antibalas de su sicario Luca Brasi, para comunicarle que lo habían asesinado y yacía en el fondo de la bahía. Deduje que los mandaron para que no olvide que «ellos» están ahí, atentos a cuánto digo y hago —como si para ejercer mi libertad y derechos eso me importara— y hacer el intento, una vez más, de coaccionarme. Formularon entonces la interrogante que me pareció —y aún me parece— clave de esa visita. ¿Quién es el propietario de esta vivienda? Les respondí que yo, e insistieron: ¿El título de propiedad está a su nombre?

Como a mi esposo, en una cita policial en 1996 ó 1997 lo amenazaron con quitarle el apartamento que inauguró con su padre en 1959 y lo despojaron del mismo en el 2000, he tomado medidas; no vaya a ser que después no aparezca asentada la documentación que me acredita como titular en ninguna de las oficinas correspondientes en donde registré debidamente el título de propiedad.

Los cubanos que vivimos en esta dictadura y ejercemos la libertad de conciencia, estamos acostumbrados a la prescencia visible (e invisible) de los polizontes, que como diablos de la guarda “nos custodian y nos guardan” cuando les parece, nos atacan con diatribas y sin derecho de réplica, nos acosan solapadamente o no, husmean en nuestra vida privada y entran en ella sin permiso y con impunidad. Y no son solo amenazas, sino que cuando les es conveniente, las materializan.

Días después, amigos del entorno me alertaron del operativo que había en los alrededores de mi casa y que duró setentidós horas. Parece que es tanto el personal graduado en las academias del Ministerio del Interior, que hay que foguearlo en el ejercicio contra la disidencia pacífica en maniobras que en estos tiempos, en la práctica, son más costosas que efectivas.

De cualquier manera, aunque me amenazaron, no me intimidaron. Solo reafirmaron el precedente de que usan su descomunal poder —entre otros— para caerles en pandilla a los que están en desacuerdo con sus políticas y lo expresan libre y públicamente, aunque sus ideas estén movidas por el compromiso con la patria. No importa la cantidad de agentes que nos reprimen; son los miembros del ejército que responde únicamente a los intereses del partido único y que tienen la fuerza y pertrechos para tratar de sofocar —en vano— los anhelos libertarios de esta pacífica e indefensa mujer, que como otras, solo empuña «el arma» de su palabra.

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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Una respuesta a Dos son un ejército

  1. Ivory Grew dijo:

    Boardshorts are held on by not one but two forms of closure. Many surfers appreciate the side pocket on their shorts, that way they can carry important items while in the water, such as a key. Surfers use wax on their surfboards to provide resistance against their feet. Though surf wax helps a surfer when standing on the board, it can accidentally harm them when kneeling on the board. Though made for functionality, the design of beach shorts is known to change more often based on the latest trends in popular clothing style. It is popular to wear these shorts with the top of a persons butt exposed. http://board-shorts.weebly.com/ Surf shorts are designed to withstand being abruptly pulled off. In addition, it is common for these shorts to have a small side pocket shut with velcro. This pocket is used to carry a key while out in the water. Board shorts are known for their loose and lengthy style. Though surf wax helps a surfer when standing on the board, it can accidentally harm them when kneeling on the board. The length of these shorts is based off of fashion. While known for being long, swim trunks can also be as short as above the knee. Some people wear swim wear exceptionally baggy. A persons fashion can be critiqued depending on their choice of swimwear.

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