Las piñas de la ira


Imagen tomada de cocina.soloparachicas.net

No me refiero a la novela de John Steinbeck (Grapes of Wrath) escrita en 1939 y cuyo título en español es “Las viñas de la ira”. Se trata de una experiencia culinaria que me llevó al agromercado: me propuse hacer una ensalada fría con base de pasta. Para cualquier mortal de otro país, es probable que tenga la opción de comprar dicho plato hecho, o si prefiere elaborarlo en casa, adquiera todos los ingredientes de una vez, o quizás deba hacer un segundo viaje porque algo se lo olvidó, pero ahí quedará todo. En Cuba es un ejercicio de higiene mental que requiere amplias porciones de paciencia. Esa receta lleva —al menos la que hacemos en nuestras casas— gran cantidad de mayonesa y cebolla blanca, así como papa hervida picada en trozos pequeños. Algunos reinventaron su propia fórmula de mayonesa, y para ahorrar las grandes cantidades de aceite (producto deficitario que venden caro y en moneda dura) que lleva, le dan cuerpo y espesan con puré de papa, leche con maicena u otro ingenioso y coyuntural sucedáneo. Rafa y yo preferimos esta vez hacer el gasto en metálico verde —no creo que la vendan en pesos cubanos— para darle un gusto al paladar familiar. Por el ejercicio consuetudinario de la sobrevivencia, a menudo se nos olvida a los cubanos que comer, además de alimentarnos, es un placer.

Curada de espanto y de cincuentenario castrismo, no quise que me sorprendiera el desabastecimiento habitual y fui acopiando algunos ingredientes con varios días de antelación. Después que asé el cuarto de pollo que iba a echarle desmenuzado a la ensalada, tiré mi moneda de la suerte y salí a comprar lo que me faltaba. Como en el agromercado éramos muchos los apiñados para comprar viandas y otro productos, me dediqué a buscar lo que me hacía falta para salir rápido de tanto gentío y la rapiña por la comida. La cebolla la adquirí muy cara y de pequeño tamaño en moneda nacional, la mayonesa —excepto el precio excesivo—, sin problemas y en dinero (CUC) convertible, y la tercera dio pie a este trabajo.

Increíblemente, el agro cercano a mi casa solo vendía ananás verde. Para no desgraciar mi ensalada echándole piña ácida, recorrí unos en los que se repetía la situación y otros en los que ni siquiera había. Después de dos horas y para no perder todo el día, me dirigí a una tarima y le pedí al vendedor una madura. “Señora, todas las que tengo están para comer y muy buenas”. Como las tenía delante y sé que no soy daltónica, le repliqué y entramos en una querella porque quería hacerme ver que la cáscara verde es señal de maduración, y que “no fuera quisquillosa” pidiendo ‘cosas difíciles’, que debía dar gracias de que hubiera piña. En fin, que como no me alcanzaba ‘el money’ para sustituirla por manzana —que únicamente la venden en pesos convertibles—, me fui de ese apiñamiento de personas con el disgusto por la disputa, con ganas de haberle dado un buen piñazo (puñetazo) a mi estupidez de reclamar “frutas tropicales maduras en el trópico” y la frustración del que sale de una piñata con las manos vacías.

Partí ‘echando pestes’ mentalmente, haciendo una analogía con el título de la novela del premio Pulitzer de 1940 que es considerada su mejor obra: Las viñas de la ira. Recordé también la frase que le atribuyen al difunto Armando Calderón —presentador y animador del desaparecido espacio televisivo dominical “La Comedia Silente”—, del que dicen que una mañana que había empinado el codo más de la cuenta modificó su habitual comentario al público infantil: “¡Esto es de piña*, queridos amiguitos!”

 

* Si se sustituye la “ñ” por las letras “ng” en el nombre del fruto del ananás, damos con la denominación del órgano sexual masculino que acompaña a muchas expresiones e interjecciones en el español vulgar de Cuba.

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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Una respuesta a Las piñas de la ira

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