Reyes magos detrás de la vidriera


Mariela es una oriental bonachona y alegre de treinta y pico, residente en la capital desde hace años, que como Dios no le ha dado hijos, “el diablo le dio sobrinos”, y cada vez que se le brinda una oportunidad no escatima en gestos para mostrarles su cariño a sus querubes y ver, según sus palabras, cómo «se les ilumina el rostro» cuando les da un regalo, aunque deban compartirlo entre ellos. El 5 de enero pasado, con un dinerito que se buscó “por la izquierda”, amaneció en una de las céntricas tiendas del municipio de 10 de Octubre que venden en moneda dura, para agasajarlos con algo que le sirviera a los tres, pues una vez más el dinero no le alcanzaba para hacerles un obsequio a cada uno.

Como parte de la población está retomando la tradición de celebrar —aunque la mayoría modestamente— el Día de Los Reyes en Cuba, se incrementa el número de personas que acuden a las tiendas a principios de cada año con el afán de comprar juguetes y como es natural, eso ha promovido que las colas sean más largas.

Con el desespero del que espera, la protagonista de este relato se enroló en la fila de la tienda que le pareció mejor surtida, pero como siempre hay personas que se impacientan y alejan a ratos para dar tiempo a que la fila avance y atender en ese intervalo otros asuntos, los pillos que recién llegaban formaron confusión en el orden de la cola con el fin de «pescar en río revuelto». Hubo hasta una mujerona de siete pies que amenazó: —¡Pues como no aparece el último, yo soy la primera! El tumulto fue ganando en temperatura y voces amplificadas de enojo; pero los rompecolas no salieron con buen pie ese día y la policía hizo su aparición. Los guapos se quedaron con deseos de interpretar su papel de ofendidos “al rojo vivo” con el fin de colarse, ya que los guardias, tolete en mano, se bajaron de sus autos bien dispuestos a “convencer” de orden y disciplina a los presentes. Como Mariela fue criada con la «compota de palo» de sus padres y del estado policial, no se amilanó y quedó allí, impávida, en espera de un porrazo que no fue necesario, porque todo el mundo encontró rápidamente su lugar. ¡Trabajo fácil el de los represores que dejaron en el ambiente el subtexto de que una vez más, su presencia fue suficiente! Pudiera afirmarse que hasta los Reyes Magos fueron «amagados» e intimidados ese día.

Después de los avatares a que se enfrentó nuestro personaje, y pasada una hora de pie, logró entrar al establecimiento y seleccionar varias de las opciones que había previsualizado para sus sobrinos a través del cristal. Pero le gustaban todos y determinó que el dinero que tenía destinado para comprarse un calzado de corte bajo, también ese día, lo emplearía en adquirir al menos otro juguete y así por vez primera sorprendería a los pequeños con más de un presente en tan significativa fecha. Sin apenas pensarlo tomó la decisión. Fue rápida, porque los pies hartos de tanto remiendo, caminatas y vigilia, pudieran hincharse más en señal de protesta. Pero aún le quedaba otra cola, la que se hace adentro para pagar en la caja a una persona que, con la calma y superioridad de quién por obligación, de mala gana y mal talante hace un favor, atiende en cámara lenta a los clientes. Estando en esa fila, se fijó en una carita femenina de alrededor de 6 ó 7 años pegada a un cristal lateral, que observaba con ojos de melancolía en su inocencia, la exposición de juguetes que estaban dentro de la tienda y fuera de su alcance. Su nariz achatada y ambas manitas a cada lado del rostro se le antojaron un panorama desolador, en tanto la desesperanza focalizaba la tristeza de sus grandes ojos, cual golpe al claroscuro de Rembrandt en la vitrina de la pobreza. Y en la sensibilidad de nuestra heroína, comenzó a ponerse el sol aquella mañana.

Averiguó entre los presentes de quién se trataba, y una de las tenderas dijo que era la hija acompañante de su madre discapacitada física que pedía “ayuda económica” a las personas que salían de ese comercio. “—Es que el dinero de la seguridad social no les alcanza”, dijo alguien que pagó y ya se iba. A Mariela también le llegó su turno de partir (¡al fin!), y justo tuvo que pasar por el lado de la niña, que continuaba observando desde una parte del ventanal que no tapaban las personas y al cual ella alcanzaba. Sin dudarlo la abordó:

—¿Qué haces, mi chiquitica?

—Mirando mis juguetes.

—¿Cuáles son los tuyos?

—Todos esos… —dijo, describiendo con el índice un arco abierto para abarcar el ancho del local.

—¿Qué le pediste a Los Reyes Magos?, preguntó nuestra protagonista mientras escondía la mano con la jaba tras de sí.

—Nada, porque dice mi madre que ellos no vienen a Cuba, pero yo sé que no existen, que los juguetes se compran en las tiendas. Yo tengo amiguitas y amiguitos que reciben regalos el Día de Reyes. ¿Crees que si me vuelvo inválida, como mi mamá, la gente me dará dinero para comprarme unos cuántos?

Acerca de Rosamaría Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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