Mi bautismo de fuego


Foto tomada de mariacelys.wordpress.com

Eran las 6 y 30 de la mañana e iba parada sobre una carreta tirada por un tractor que se zarandeaba por irregulares caminos de

tierra. Como el barandal se movía y no ofrecía garantías de aguantar el peso de las que íbamos allí —moviéndonos involuntariamente como si tuviéramos problemas neurológicos—, nos sentamos en el piso para que además las rústicas tablas de la baranda nos protegieran del rocío y la frialdad del amanecer. Era la primera escuela al campo de todas —excepto de la maestra responsable que viajaba con nosotras—, y yo por entonces tenía 12 años y era una niña que aún no había tenido la menarquia.

La respiración se nos condensaba en el aire y el silencio nos remontaba a la noche anterior, cuando una alumna melancólica de nuestro albergue, fue presa de la burla de un grupo porque extrañaba la privacidad de su cuarto y su cama a la hora de dormir. Así que comenzaron a llamarle “rajada”, “floja”, y que con esas «actitudes pequeñoburguesas» no iba a ser una buena comunista. Una de las pruebas de estoicismo que nos “autoimponíamos” (como una directiva y guión político común a todos los centros educacionales), era el de estar los 45 días reglamentarios en el campo, sin salir de pase siquiera —a no ser por una razón ineludible—, y la de ser ejemplo doblando el lomo en el surco, que equivale a decir trabajar como una bestia por un simple e invisible reconocimiento —que nadie podía comprobar— en el expediente escolar. El desayuno de esa mañana, en un jarrito de aluminio tan caliente como el abrasador sol del verano al mediodía, sabía a leche quemada. Lavarse la cara en los lavaderos, con el agua gélida de la llave —en el campamento ‘La Concordia’, como en otros, no existían lavamanos— tenía la ventaja de despabilarnos como si radicáramos en una tundra en Siberia y tuviéramos el “alto honor” de formar parte del Komsomol.

Sobre nuestra bisoña expectación se había asomado el día, y aunque la niebla espesa nos robaba el paisaje, nos mirábamos las caras en silencio, escuchando el canto de un gallo, el mugir de alguna vaca, el trinar de los pájaros y el rugido petrolero del tractor. Vestíamos la ropa andrógina que nos había proveído “paternal y generosamente” la revolución para que realizáramos gratuitamente duras labores agrícolas durante un mes y medio. Para romper la bruma y el mutismo de aquellas mareadas e inexpertas aspirantes a comunistas, la maestra encargada del grupo entonó un canto copiado al programa de adoctrinamiento made in URSS, que repetía una y otra vez para que nos lo aprendiéramos:

“Soy comunista toda la vida, obelachao, belachao, belachao, chao, chao.
Soy comunista toda la vida y comunista he de morir.
Y si yo muero en el combate, obelachao, belachao, belachao, chao, chao.
Y si yo muero en el combate, toma en tus manos mi fusil.”

Aún recuerdo la yerba mojada rozando y humedeciendo mis tenis (calzado de lona) y pantalón para celebrar mi bautizo de fuego y «nuestra batalla contra la blandenguería y los males heredados del capitalismo». Parecíamos niñas de probeta abandonadas en el laboratorio experimental del hombre nuevo. Nos extraviaron por vericuetos literarios y saltamos del cuento infantil a la fábula política. A las escuelas al campo les agradezco lo mismo que a la revolución: la decepción profunda y que gracias al apetito voraz que me producía el trabajo en la tierra, aprendí a comer hasta chícharos con gorgojos; esa avidez se transmutaría con los años en hambre de libertad. Ese fue mi “encontronazo” con la campiña cubana, mi bautismo de tierra colorada.

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Acerca de Rosa María Rodríguez Torrado

La rosa descalza, es el blog de una cubana que emite sus opiniones a rostro desnudo desde La Habana, Cuba. Una rosa sin máscaras...
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5 respuestas a Mi bautismo de fuego

  1. Your method of telling everything in this paragraph is truly fastidious, every one be capable of simply be aware of it, Thanks a lot.

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  2. Hola Rosa ahora soy un seguidor de tu bog y al leer este articulo me ha traído a la memoria la cantidad de historias que me contaron amistades mías cubanas haya en la isla,yo tenia entendido ahora que ya estas escuelas las habían suspendidos,si es asín mucho mejor.De todas formas no creo que sirvieran para mucho,ya se sabe,sin mas me despido de ti y espero seguir leyendo tu bog ya que me apunte para que me envíes por email los artículos,sin mas me despido cordialmente
    Saludos Alfonso J.Martin

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  3. El Lapón Libre dijo:

    Hola mi Rosita. Me llegó tu amable respuesta. Este escrito de hoy me ha erizado de pies a cabeza. Te leía y sentía que era yo quien escribía frente a un espejo con lentes cóncavas hacia el pasado. Yo tuve también un duro bautismo de fuego -o quizás debería decir de fango- y no quiero ni recordarlo. Con decirte que era yo muy pequeño y estando en 7mo gardo, me pusieron, en mi primera Escuela al campo, a desyerbar un “infinito” surco de boniato, que por mi diminuto tamaño me parecía la calle 23 en el Amazonas. Recuerdo que el jefe de campo -un guajiro de poquísimas palabras, nada de sentimientos y peor carácter- sólo nos dijo “tienen que desyerbar todo el bejucal”, pero allí lo que había una mezcla de hierbas tan similares al tubérculo del boniato que la confusión era terrible. Yo ante tan desganada explicación, comencé mi labor revolucionaria y – como era de esperar- cogí la señal opuesta y “desmocbé” casi todo el surco kilométrico de esa vianda dulzona. Cuando el campesino volvió a las 5 d e la tarde y vio mi “obra” productiva, se armó “la de San Quintín”. Yo tenía apenas 13 años y casi me acusaron de ser un enviado de la CIA. Gracias a que era un alumno excelente -con relación a mis notas académicas- un profesor de historia y buen amigo de mi humilde familia, me salvó de, prácticamente, ser linchado en una piocta pública con baja deshonrosa de la FEEM por no decirte de todos los imporverbios que tuve que oir de mis “compañeros” de brigada -tan ignorantes en materia ágricola como yo-, del director, de otros profesores y hasta del médico de aquel asqueroso campamento de Guira de Melena. A partir de ese bautizo, odié a la escuela al campo, a todo lo que me oliera a consigna patriotera y , por antonomasia, me hice devoto del anti sistema. Lo recuerdo todavía con dolor y cada vez que pienso en ello, no sé si llorar o dar las gracias por ese despertar al mundo real. Con el cari¨no de siempre. El Lapón Libre.

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