Debe hacerse con harina de trigo, pero a menudo lo reinventan con fécula de boniato, se supone que incluya grasa, pero está ausente en la fórmula, lleva sal, pero como tumba la modificada receta de la masa, no se la echan: el resultado es el antipan —uno diario— que nos asignan a los cubanos por la libreta de racionamiento.
Con su fea apariencia de mendrugo de la edad media, “en medio” de la peste y la insalubridad, el pan es uno de los panales donde los pancistas del gobierno expresan su desprecio por el pueblo. Es el pandemónium de la subvaloración y el irrespeto hacia la sociedad cubana. Si trata de comerlo al día siguiente de comprado probablemente afrontará dos experiencias desagradables. La primera, que con toda seguridad tendrá que tapar su nariz o aguantar la respiración para ignorar su olor ácido, y la segunda, que se le parta un diente en el proceso. La acidez, porque está hecho con levadura de mala calidad y porque tiene mucha agua para procurar que tenga el peso adecuado por si “aparece” algún inspector, no compruebe que se adulteró la norma —y ‘el fermento’ para silenciarlo deba ser más cuantioso—; y lo duro, por la falta de grasa de la masa. Además de que tienes que llevar la bolsa para que te lo echen, el que lo despacha se quita el bolígrafo de la oreja para anotar en tu libreta el único pan que te toca ese día, te cobra, estrecha las manos de las personas que lo saludan, quita el sudor de su frente y después, te lo despacha ‘a pelo’ (sin usar pinzas ni guantes) y sin lavarse las manos.
Hace unos años el estado hizo una inversión importante en modernas tecnologías panaderas que compraron en el exterior. En esa cadena de panaderías venden el pan más caro —diez pesos cubanos la libra— y en sus inicios se notaba mayor calidad; pero hoy lo están produciendo casi tan malo como el de la bodega y no le bajan el precio.
En varias ocasiones y por quejas de los consumidores, han televisado in situ entrevistas con la administración de esos lugares, se les ha cuestionado sobre las condiciones de producción y compulsado a que emitan un compromiso sobre la subsanación de estos y otros problemas. Pero la herramienta mediática no ha sido efectiva y el resultado sigue siendo el mismo: el antipan.
El meollo del asunto es sistémico e incide en el descontrol, los bajos salarios y el desarraigo que provoca el ‘sálvese quién pueda’ del engañoso concepto de la propiedad social común, pues es muy común y conocido que a los cubanos las autoridades nos han impedido, históricamente, tener propiedades. Los cuadros de base se debaten en la subsistencia cuando no les dejan otra opción: o sobreviven llevándole el sustento a su familia desde la ilegalidad y corrupción generalizadas, o malviven en la legalidad de una Cuba virtual dibujada por el partido único en el poder y su fracasado modelo de gobierno.
A las personas que les gusta inventar porquerías o reformar lo que ya está inventado y funciona bien, les recuerdan un viejo proverbio muy conocido en Cuba que sentencia: “es mejor copiar lo bueno que crear lo malo”. A los cubanos de las generaciones posteriores a 1959, nunca podrán acusarnos de copiadores.























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