Anoche soñé que un “congreso nacional de urgencia” congregaba a los dirigentes del gobierno en una tarea común: eliminar las letras subversivas de los teclados de las computadoras en poder de la población cubana. La idea había sido propuesta por un «cuadro de base», que le surgió cuando la bicicleta en que viajaba cayó en la pronunciada hondura de un bache y perdió el control, rodó con ella por los restos de pavimento convertido en polvo, tierra y gravilla y pensó que, de no haber existido el mismo, no hubiera perdido la estabilidad. De esa manera analizó que en sentido contrario pudieran evitarse problemas, críticas y preocupaciones las autoridades: si existieran los huecos en lugar de algunas letras, no proliferarían las infamias que algunos escriben sobre Cuba y que tienen oídos receptivos a nivel internacional. Mientras se sacudía el cuerpo sudoroso por el pedaleo de las arenosas lijas que quemaban su piel y su ropa y con la intención de continuar el rumbo, pensaba también: —Quizás me den aunque sea una moto por las dificultades que les evitaré a los dirigentes de nuestro partido y entonces no llegaré tan extenuado a casa.
Fue así que develó su ingenio en una reunión sindical; pero nadie le dio calor a su plan, llevó entonces “la gran idea” (ideota) a una de la Unión de Jóvenes Comunistas y desde allí viajó, por el estrecho y veloz hilo de pólvora de la censura, hasta las oficinas del Comité Central. El proyecto fue presentado por un directivo juvenil que alegó que «algunos cubanos desagradecidos» osamos hablar y escribir mal del gobierno pese a que su magnanimidad nos permite tener computadoras. Yo me debatía en tratar de intervenir “desde lo alto” —altura desde la divinidad que nos concede la magia de los sueños— para evitar que semejante disparate fuera a instalarse en nuestra sociedad o peor, que fuera a legislarse con tan aberrados pretextos.
Hablaba y hablaba y nadie me escuchaba. Trataba de aguantar a Rafa, mi marido, que se enfrentaba en crónica quijotada a los burócratas de los opresores, pero en su lugar asía el vacío. Mis movimientos se lentificaban y mi voz también se tornaba más lenta y grave de lo normal: ni se entendía cómo yo exigía a gritos que no fueran a quitar la tecla “B” de blogger. Me mezclé con el aire verde y me fundí con la nada al tiempo que mis ojos asustados se abrían para descubrir la tenue luz de mi lámpara de noche. Me levanté ágil en mi somnolencia para dirigirme al rincón donde suelo redactar mis escritos. Tenía que echarle un vistazo a mi cómplice herramienta de trabajo para comprobar que tenía su teclado intacto. Al verla lancé un resoplido de alivio que levantó papeles de la mesa y le quitó un poco de polvo a la vieja laptop familiar. ¡Hay que ver que una sueña cada boberías!























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